Felipe Muñoz: El campeón olímpico de los inicios lentos

El día que cambió su vida empezó mal para el mexicano Felipe Muñoz al recibir una paliza a manos de su amigo Luis Acosta en un partido de tenis de mesa, pero el “Tibio” era un hombre de inicios lentos y asumió aquello como un buen presagio. EFE/ARCHIVO

México, 21 oct (EFE).- El día que cambió su vida empezó mal para el mexicano Felipe Muñoz al recibir una paliza a manos de su amigo Luis Acosta en un partido de tenis de mesa, pero el “Tibio” era un hombre de inicios lentos y asumió aquello como un buen presagio.

“Desayuné frutas y huevos. Me quedé en la villa, y Acosta me ganó en el pimpón, luego vimos la televisión y a eso de las dos de la tarde comí pasta y carne asada” cuenta Muñoz a Efe al referirse a las horas previas de la final de 200 metros estilo pecho en la que un día como mañana ganó el oro en los Juegos Olímpicos de México.

A los 67 años Felipe es tan buen contador de historias que hace poco escribió su libro para revelar los detalles del martes 22 de octubre de 1968, cuando vino de atrás para ganar el oro con 2:28.7 minutos delante del favorito soviético Vladimir Kosinsky (2:29.2) y del estadounidense Brian Job (2:29.9).

“Yo no era veloz y el entrenador Ronald Johnson me dijo que mi punto fuerte era la fuerza. Entonces debía sacar provecho de eso, mantenerme al acecho como si fuera un cazador de liebres y en los últimos 50 metros rematar”, recuerda.

La noche antes había dormido ocho horas de corrido así que no necesitó siesta. Cuando la comida hizo digestión Johnson se lo llevó al club libanés, cerca de la sala de competencias, donde el agua estaba más caliente y allí, sin testigos, hizo las rutinas previas.

Johnson fue un padre putativo para Felipe. Un año antes le perdonó la vida en la concentración en Oaxtepec, estado de Morelos, donde el joven se robó una tina de helado de chocolate.

“Pasamos por una heladera y Mari Tere Ramírez, que luego ganó bronce olímpico, apostó a que no éramos capaces de robarnos helado. Ahí fui yo a quedar bien y cuando estaba dentro escuché un silbido. Me asusté, solté la tina y atravesé una puerta de cristal. Johnson me imaginaba desangrado. Yo no sufrí ni un rasguño y solo estaba muerto de miedo”, cuenta.

El entrenador le dijo que merecía estar de vuelta a la capital pero si lo hacía le iba a estropear su carrera deportiva. Entonces lo castigó con 100 repeticiones de 100 metros luego de haber nadado los nueve kilómetros del día.

Unos meses después el maestro enseñó a Felipe a visualizar el día de la final. Obsesionado como era, el joven puso la fecha en su cartera y en el refrigerador de su casa. “Años antes me había imaginado en la final olímpica con un traje de baño verde, blanco y rojo y todo sucedió como lo adelanté en mi mente”, revela.

De los minutos previos a la final Felipe recuerda el ambiente del “purgatorio”, como los deportistas bautizaron la sala de espera. El soviético Evgueny Mikhailov apagó la televisión que transmitía las competencias y el estadounidense Philip Long quería verlas. Entonces se levantó, encendió el aparato y lo volteó para él solo. Eran los tiempos de la guerra fría y el mexicano solo miraba y se divertía.

Al salir, Felipe vio a su padre que se había colado en el área de los nadadores y le pidió que aunque fuese sacara un tercer lugar. “Yo le respondí, ay papá, cómo tercero si voy a ganar medalla de oro. Hoy gano o me ahogo”, cuenta.

Un minuto antes de saltar al agua, Felipe sufrió temblores y escalofríos. El estadio aullaba a su favor y eso lo descolocó, pero en un momento logró desconectarse, llenó lo pulmones de aire y redujo su mundo a ocho seres humanos, los finalistas.

“Tengo todo en la mente. El ruso se fue delante como estaba previsto, yo debía alcanzarlo al llegar a los 150 metros pero no se dejó, entonces me repetí lo del lobo y la liebre y solté mi último aliento al tocar la pared. Me volteé y ahí sucedió lo más grande. En el marcador estaba mi nombre y era campeón olímpico”.

Como había sucedido esa mañana en el juego de pimpón, Felipe tomó como un buen presagio haberse quedado detrás en el arranque de la final. Eso le permitió poner en práctica la estrategia que más cómodo lo hacía sentir: empezar lento y ganar desde atrás.

Muchos años después todavía le gusta verse en el podio con el rostro bañado de lágrimas, una imagen que lo alejó de la del típico macho mexicano del cine del siglo pasado.

“Detrás del campeón olímpico que soy hay un tipo sentimental. Lloro hasta con las películas y no me da pena decirlo”, confiesa.