El sector privado de Cuba ya acusa el descenso de visitantes de EE.UU.

El sector privado de Cuba ya acusa el descenso de visitantes de EE.UU. 

Propietarios de carruajes para turistas participan en una manifestación que rechaza las medidas del gobierno estadounidense respecto a los viajes turísticos de sus nacionales a Cuba este viernes, en La Habana (Cuba). EFE

La Habana, 14 jun (EFE).- En el habanero «paladar» San Cristóbal el bullicio y tintinear de las vajillas habituales hasta hace unas semanas ha dado paso a un silencio preocupado tras la decisión de Estados Unidos de vetar los cruceros a Cuba y restringir, aún más, las visitas de sus ciudadanos al país vecino.

Este restaurante privado fue uno de los negocios que este viernes quiso protestar contra las nuevas políticas de la Administración de Donald Trump, que en pocos días han provocado un vertiginoso descenso del número de estadounidenses que llegan a Cuba y que en los últimos años se habían convertido en sustento para muchos habaneros.

Y es que las últimas medidas de Washington, dentro de su estrategia de asfixiar económicamente al Gobierno de La Habana en castigo por su supuesta injerencia en Venezuela, también se sienten ya con crudeza en el sector privado, sobre todo en los negocios florecidos al calor del «deshielo» diplomático y los miles de estadounidenses que corrieron a visitar la «isla prohibida».

Carlos Cristóbal, propietario del «San Cristóbal», apenas da crédito: ha pasado del «sueño» de dar de comer en su restaurante a Barack Obama y familia durante la histórica visita de marzo del 2016, a la «pesadilla» de que Donald Trump le haya reducido la clientela en un 80 % en apenas unos días.

La nueva vuelta de tuerca de EE.UU. a las sanciones sobre Cuba anunciada la semana pasada cayó como un mazazo sobre los «cuentapropistas» que ofrecían servicios turísticos y gastronómicos a los cientos de estadounidenses que desembarcaban cada día de los cruceros autorizados en 2016.

«Exhorto a todos a que vengan, se puede, ya lo demostró Obama», defiende Cristóbal en declaraciones a Efe, sentado en el mismo comedor en el que almorzó el entonces mandatario, una estancia devenida en lugar de peregrinación de curiosos y en la que una suerte de altar custodia fotografías de aquel día y hasta la taza de café que usó el líder estadounidense.

En las paredes, retratos de Fidel Castro, el «Ché» Guevara o el prócer independentista José Martí alternan con los de Obama, el primer ministro canadiense, Justin Trudeau o la cantante Beyoncé, en un imposible collage que recuerda los apenas tres años de bonanza que ha vivido el local, fundado en 2010 y que da empleo a 32 personas.

De momento, pese al desplome de la clientela, no ha habido despidos y los propios trabajadores han reajustado sus turnos conscientes de las vacas flacas que se ciernen sobre el negocio, pero son muchos los cuentapropistas que reconocen estos días que en algún momento el reajuste de plantillas será inevitable para sobrevivir.

A Donald Trump, el hostelero «le diría que analice, las personas tienen derecho a vivir. Realmente somos el pueblo con sus familias, no es que afecte al sector privado, va a afectar a todo», augura.

Como ejemplo, menciona los antes muy trasegados «almacenes San José», la enorme nave junto al puerto en la que docenas de artesanos ofrecen sus creaciones a los turistas y que hoy «parece una plaza desierta, como si hubiera pasado una bomba nuclear allí».

No lejos también se percibe menos actividad entre los chóferes de coches clásicos descapotables americanos, otro de los colectivos que más se resienten de la «extinción» de los cruceristas.

Aunque este tipo de turistas no son los que tradicionalmente más dinero dejan en los destinos al cenar y dormir en el barco, raros eran los que se resistían a pagar los 50 dólares que cuesta recorrer durante una hora las zonas más pintorescas de La Habana a bordo de una de estas reliquias rodantes pintadas de vivos colores.

Otra alternativa de paseo algo más económica la ofrecían los carromatos de caballos, cuyos conductores se concentraron este viernes para deplorar las sanciones de EE.UU.

«Ahora estamos prácticamente sin nada, nos han asfixiado con estas medidas injustas. Antes se daban hasta cuatro y cinco paseos y ahora pocas personas pueden salir. Dejaron de venir los turistas y fue como si se acabara la electricidad», lamenta Jesús David Rodríguez, que lleva cinco años a las riendas.

Los conductores de coches de caballos -organizados como cooperativa- aparcaron sus vehículos durante una hora y enarbolaron pancartas en contra de la ley Helms-Burton en una poco habitual protesta en La Habana vieja.

Richard Antonio González, se quejó de que el descenso de turistas también repercute en las familias que dependen de ellos: «A Trump le diría que se deje de abuso ya, que deje la politiquería a un lado, nosotros necesitamos respirar», espetó.

Cerca de allí, la terminal de cruceros en la que hasta hace dos semanas atracaban a diario grandes buques de compañías estadounidenses aparece esta jornada desierta, aunque aún puede ser utilizada por los cruceros procedentes de Europa que arriban más esporádicamente.

Los cruceros de navieras como Carnival y Norwegian llevaron a Cuba a 340.000 estadounidenses en 2018, el doble que el año anterior, lo que situó al país norteamericano como el segundo mercado emisor de visitantes a la isla (con un total de 638.000) solo por detrás de Canadá, según datos del Ministerio de Turismo.

EE.UU., que desde la llegada de Trump a la Casa Blanca ha revertido el acercamiento impulsado por Obama, aduce que sus ciudadanos empleaban esos cruceros para hacer turismo encubierto, ya que los estadounidenses aún tienen legalmente prohibido visitar la isla como turistas y deben hacerlo bajo alguna de las categorías autorizadas, entre ellas los intercambios religiosos, culturales o académicos.

Lorena Cantó